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viernes, 31 de julio de 2009

EL REGRESO DE PLATÓN

Como he dicho, el mes de agosto (en el que nos relajamos un poquito) aprovecharé para poner descerebres de este mi humilde blog y del otro engendro que parí hace pocos meses, será una modesta oda a la desvergüenza y el cachondeo, así que, como bajaremos a los abismos de la cutrez, me permito poner un ARTICULAZO del GEES, por poner un punto y a parte de lujo:

Óscar Elía Mañú

(Del libro Sabiduría clásica y Libertad política, de Elio A. Gallego. Ciudadela. Madrid, 2009. Publicado en Suplemento Libros de Libertad Digital, 24 de julio de 2009)

Pocos conceptos políticos resultan hoy tan equívocos como el de democracia. Democráticos se consideran los Estados Unidos, Gran Bretaña o Suiza; pero también Venezuela, China, Cuba y muchos países islámicos. Por lo que hace a nuestra sociedad, en nombre de la democracia se llevan a cabo proyectos y acciones políticas que encuentran escaso acomodo en un régimen de libertades.
Resulta evidente el deterioro que las instituciones occidentales sufren hoy en día en nombre, precisamente, de la democracia. Nunca como hasta ahora los Estados han tenido más capacidad –técnica, burocrática, administrativa e ideológica– para imponer al hombre mayores deberes y obligaciones, y todo se hace apelando a la democracia. Resulta desagradable comprobar cómo hoy en día, con el triunfo del discurso democrático, nuestras libertades se resquebrajan.

Actualmente, toda legitimidad es democrática, incluso lo más abyecto se hace en nombre de la democracia. Lo que desmonta el mito del progreso político: la convicción o la creencia de que el mundo camina hacia un estado superior de libertades, o que la historia favorece su triunfo, resulta simplemente falsa. Nada garantiza que una dictadura pase a ser una democracia liberal, ni que un régimen parlamentario dure para siempre. No sólo es que Irán o Cuba no caminen necesariamente hacia la libertad; es que ésta tampoco está garantizada eternamente en Occidente. La erosión de las libertades en nombre de la democracia nos pone ante una ley fundamental: la degeneración de la democracia en demagogia es tan vieja como la civilización occidental.

Los pensadores griegos lo tenían claro, demasiado claro: a un régimen tiránico o aristocrático seguía un régimen democrático; pero cuando la lógica de éste se imponía, se abría paso un despotismo despreciable, peligroso, destructor: el del demagogo, el gobierno de las masas, de los peores instintos, de las más bajas pasiones. Despotismo que, al final, acaba devorando la propia convivencia social. El ideal democrático iba, para los griegos, unido al de la satisfacción de las bajas pasiones, la irracionalidad y el egoísmo cívico. Por eso desembocaba –como parece hacerlo hoy– en el triunfo de la demagogia, el peor de los despotismos. Quien más claro mostró este carácter de la política fue precisamente Platón, autor con el que comienza el estudio de Elio A. Gallego sobre la libertad política.

Pese a lo que suele pensarse, Platón no es sólo el filósofo del mundo de las ideas, sino el de la tensión entre éste y el mundo de lo real, que es algo muy diferente. Lo principal y más trascendente del platonismo es la relación que se establece entre ambos mundos. Tensión demasiadas veces obviada, pero que constituye el punto fundamental para entender la filosofía (y la filosofía política) del discípulo de Sócrates: sus lectores saben que Platón dista mucho de ser un pensador simple, plano y despótico. Comparar el platonismo con el bolchevismo leninista o el salvajismo hitleriano constituye una injusticia doble: intelectualmente, ambos tienen unas raíces antropológicas y filosófico-históricas que tienen poco que ver con las de Platón. Históricamente, es ilegítimo apuntar en el debe platónico el Gulag y el Holocausto.

Los diálogos platónicos no son una apología mostrenca de lo absoluto, y los diálogos políticos no son una excepción.
La República no constituye un programa despótico y absolutista de gobierno, sino la destilación intelectual de un régimen puro situado en el plano de las ideas; plano bien identificado y contextualizado por el propio Platón. Es aquí donde aparecen los regímenes ideales platónicos, que dependen del carácter de los hombres que los dirigen: latimocracia, cuando hablamos de hombres que buscan el honor; la oligarquía, de los que buscan la riqueza; la democracia, de los que buscan el placer individual; y la tiranía, que acaba con la degeneración de la democracia cuando deviene en demagogia y destrucción.

El idealismo de
La República genera –y generó en su autor– frustración. Es en Las Leyes y en el Político donde Platón desciende hasta el mundo real, relacionando aquel régimen ideal con los regímenes reales y concretos que los hombres construyen en sus relaciones. En realidad, y esto es lo más interesante de Platón –hasta el punto de constituir su más importante legado, como subraya con acierto el profesor Gallego–, todo régimen político es, en realidad, un régimen mixto que participa de varios ideales políticos distintos. "Es necesario –se lee en Las Leyes– que los sistemas políticos participen de estas dos [monarquía y democracia], si realmente ha de haber libertad y amistad con inteligencia". El régimen perfecto, aquí y ahora, no es el de los filósofos ni la democracia, sino un régimen en equilibrio entre ambos.

Un
régimen mixto que recoge principios políticos de sistemas diferentes, en sus conceptos puros contrarios entre sí, y en el que se da una tensión continua entre ellos, lo que da lugar a un equilibrio inestable, susceptible romperse pero que también puede sobrevivir. Esta tensión fue magníficamente ilustrada por Aristóteles, con su teoría de los distintos regímenes: monarquía, aristocracia y democracia, cada una susceptible de degenerar, por un lado, ypolitia o república por otro, el régimen mixto que resulta de la mezcla de los anteriores. Es en ese régimen mixto –no en la democracia– donde se puede encontrar la verdadera libertad del hombre.

En este pequeño libro –menos de 170 páginas– de Ciudadela encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, la que más interesará a filósofos y teóricos, aborda el origen, características y evolución del régimen mixto como fuente de libertades y bienestar en la antigua Grecia y, posteriormente, en Roma: gracias a él, argumenta Gallego, esta última conquistó el mundo... antes de degenerar en tiranías hereditarias. La segunda parte, histórico-política, nos muestra la evolución del concepto, desde Santo Tomás de Aquino o Maquiavelo hasta el constitucionalismo moderno, subrayando la idea fundamental: los regímenes de libertades que a lo largo de la historia han sido y aún hoy precariamente son no están fundados en el ideal democrático, sino en el del régimen mixto.

El secreto del triunfo de las libertades en Occidente, siguiendo la argumentación de Gallego, no está en los ideales políticos puros (democrático, monárquico o aristocrático), sino en el equilibrio de todos ellos. Incluso cuando uno ha dominado o domina a los otros, los demás tienen presencia, su papel. Además del éxito que alcanzó en Grecia y Roma, el régimen mixto se convirtió en reservorio de las libertades tanto en la Edad Media como en el Renacimiento, a través de lo que el autor llama "formas de monarquías góticas", "equilibrio de poderes entre el rey, los nobles y los comunes en un contexto de una importante vida cívica y de libertad política" (p. 100). Y decimos
reservorio porque este rastro es el que unirá el pensamiento griego con el constitucionalismo moderno y nuestros actuales regímenes de libertades.

Las constituciones y los regímenes políticos de Estados Unidos y Gran Bretaña son dos magníficos ejemplos de búsqueda del régimen mixto, de la tensión entre opuestos en que reside la libertad. En América no se fundó una democracia: se fundó una república, un equilibrio entre el pueblo y los representantes más cualificados, cada uno de los cuales, por su parte, no podrían garantizar la libertad y la prosperidad. "Los líderes revolucionarios sin excepción temieron el gobierno de la masa e hicieron todo lo posible por evitarlo" (p. 124). Razón por la que buscaron un sistema de equilibrios –aún hoy lo vemos, entre el presidente, el Congreso y los tribunales de justicia– que evitara la concentración de poder.

Algo parecido a lo ocurrido en Gran Bretaña, que el autor nos muestra a través de los ojos del agudo pensador que fue Burke y su defensa de un equilibrio entre monarquía, aristocracia y libertad del pueblo, al más puro estilo griego. Como Tocqueville o Platón, a pocas cosas temerá más Burke que al despotismo ciego, pasional e irreflexivo del pueblo devorando las libertades, sus propias libertades. Bien es cierto, como afirma el autor, que poco queda en la política inglesa actual del equilibrio arquitectónico que Burke defendió, pero a los españoles nos queda el consuelo de que éste, sin embargo, sigue siendo preferible al mediterráneo-continental.

¿Por qué esta obra nos sugiere "el regreso de Platón"? El secreto del régimen mixto, es decir, del constitucionalismo, está en el equilibrio entre la unidad y la multiplicidad, entre el orden y el caos. Si se prefiere, entre el pluralismo político, social, cultural y religioso y la necesidad de un sustrato igualmente político, social, cultural y religioso que esté por encima, que no se discuta, que quede a resguardo de las luchas sociales y que se encarna en la ley y la nación. Situados entre el ideal de la democracia y el de la monarquía, cuando el régimen político deriva hacia una de las dos, la libertad acaba pereciendo. Hoy es evidente la deriva.

Actualmente, y tanto en España como en el resto de Europa, el ideal democrático sigue desarrollando toda su lógica, rompiendo el inestable equilibrio. La teoría de Platón –pesadilla de Tocqueville o Montesquieu– se despliega rápidamente ante nuestros ojos. Pero lo peor no es esto, queja habitual de los conservadores ante el deterioro de los valores y principios tradicionales. Lo peor es que la venganza de Platón está por venir; para el griego, la degradación demagógica no es un proceso infinito, sino que los mismos que acaban con la libertad en nombre de la democracia terminan aclamando a quien no cree ni en la una ni en la otra: el tirano. Lo cual debería preocupar a los liberales contemporáneos, que tanto sospechan de nuestro pensador griego.

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