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viernes, 5 de marzo de 2010

SEGUIMOS CON LA EDUCACIÓN

Ya hemos visto como está el patio de la educación en España, y cabe preguntarse si hay alguna alternativa. A mi se me ocurren varias pero las explicó mejor Antonio Martínez un su artículo de El Manifiesto del pasado 26 de enero...


¿Es posible una nueva libertad educativa?

Hace un par de años, cuando conocimos el increíble caso de Natascha Kampush, la chica alemana que vivió encerrada más de ocho años sin salir en ese tiempo de la casa de su secuestrador, los medios de comunicación ofrecieron un dato que para muchos tal vez pasó desapercibido: me refiero a que Natascha, pese a no haber ido a la escuela durante todo ese tiempo, mostraba una madurez y un nivel de vocabulario y de expresión muy superiores a los de un adolescente standard de su edad. ¿Tendría algo que ver ello el hecho de no haber frecuentado desde hace años las aulas?.

Durante su secuestro, Natascha Kampush no dispuso para formarse de más recursos que algunos libros y revistas y –eso sí– soledad, silencio y mucho, muchísimo tiempo. Y su caso puede servir para que nos planteemos qué sentido tiene mantener un sistema educativo como el actual, que, en los países occidentales, suele servir para que los adolescentes salgan de él sin ni siquiera saber realmente leer y escribir, con una cultura general pésima y con una base intelectual muy defectuosa que les supondrá un hándicap importante a la hora de afrontar estudios superiores y de incorporarse al mercado laboral.
Si los colegios e institutos públicos de nuestros días tuvieran que funcionar con los criterios de productividad y rentabilidad de una empresa privada, el 90 % tendría que cerrar inmediatamente. Porque pensemos: se les entrega una “materia prima” (los alumnos) de la que pueden disponer durante un prolongado número de cursos para que la doten de un concreto “valor añadido”: la formación intelectual, la cultura general, la preparación para la universidad o, simplemente, para la vida. ¿Cuántos países del Tercer Mundo no querrían hallarse en una situación que, en principio, parece tan envidiable? Y, sin embargo, examinamos el “producto” que sale de los institutos al terminar el bachillerato y… ¿qué nos encontramos?.

Unas mentes intelectualmente escuálidas, anquilosadas, indolentes, en muchos sentidos aún infantiles, desprovistas de un mínimo utillaje conceptual, y que se pierden en cuanto lo que se les dice se eleva a un cierto nivel de complejidad. ¿Cómo es posible que hayamos permitido un cataclismo de tamañas proporciones?.
El tema es complejo y viene despertando desde hace tiempo encendidos debates. Ahora bien: más allá del necesario diagnóstico de las causas, lo que urge es proponer soluciones para remediar el desaguisado. Y creo que una de ellas podría venir de una nueva “libertad educativa”, incluso de un cierto “anarquismo educativo”. Quiero decir lo siguiente: el actual sistema se fundamenta en la educación universal obligatoria, que incorpora a los alumnos a un sistema educativo cada vez más uniformizado y desprovisto de originalidad. Ahora bien: si Natascha Kampush consiguió formarse a sí misma notablemente con sólo unos pocos libros, ¿no estaremos aquí ante un signo que nos indica que existen muchas maneras posibles de adquirir una cultura digna de tal nombre, fuera del hoy casi inevitable cauce al que nos empuja coercitivamente la autoridad estatal?.
Tal vez esté pensando el lector en el homeschooling, una opción perfectamente legítima y que cuenta cada vez con más seguidores. Sin embargo, cabe pensar también en otras posibilidades. Desde Richard Wagner a Hermann Hesse, son muchos los espíritus originales que han encomiado las virtudes de una formación libre y autodidacta.

Y, más allá de ésta, los caminos educativos que cabría imaginar en una sociedad auténticamente libre presentan una enorme variedad. Para empezar, debería reconocerse el principio básico de libre educación: cada familia elige para sus hijos la formación que considera más apropiada, desde el homeschooling a la educación bajo la dirección de un profesor particular y el recurso a instituciones educativas formales, tanto públicas como privadas.

Existiría libertad absoluta en la elección de centro. Se fomentaría entre éstos un espíritu de sana emulación. Y, por otra parte, colegios e institutos deberían encontrarse en una situación de “competencia por los clientes”, dentro del sistema de libre mercado propio de cualquier sociedad que no se haya hecho súbdita de la dictadura estatalista. ¿Un instituto ofrece un mal nivel formativo a sus estudiantes? Inmediatamente, la ley de la oferta y la demanda lo pone en su sitio: los padres dejan de matricular a sus hijos, pierde alumnado, se destituye al director, se despide a profesores.

Además, el mismo sueldo de éstos depende, al menos en parte, del rendimiento del centro, que repercute en los ingresos. Siendo pragmáticos, ¿es posible imaginar un estímulo mejor que éste para que una institución educativa funcione bien?.
Cabría imaginar una sociedad futura, liberada del marasmo educativo actual, en la que nos encontraríamos con lo siguiente: multitud alumnos que siguen un camino formativo fuera de toda institución formal, por la vía del homeschooling, los profesores particulares o una u otra modalidad de autodidactismo, o que optan por la educación a distancia, bajo la orientación de un tutor.

Adolescentes que se forman en un oficio como aprendices con un profesional del que son ayudantes. Otros adolescentes que se forman viendo películas y leyendo novelas y revistas de cine, como hizo en su día Truffaut.Y, luego, una gran variedad de instituciones educativas públicas y privadas, para que cada tipo de alumno pueda elegir la opción que mejor su ajusta a sus condiciones: colegios e institutos que acentúan el orden y la disciplina intelectual, en la tradición pedagógica de los jesuitas.

En el otro extremo, centros que priman la creatividad y la originalidad y que no organizan la enseñanza por asignaturas compartimentadas, sino por programas, tareas o campos de interés, y que incluso no establecen un horario fijo. Institutos humanísticos, centrados en las tradicionales materias de Letras. Institutos científicos, cuya personalidad se orienta hacia la investigación y a una concepción interdisciplinar de la ciencia. Centros que ofrecen una “cultura general práctica” (bricolaje, electricidad, primeros auxilios, contratos, conducción de vehículos, marketing, psicología de ventas, impuestos, derecho laboral, informática, albañilería, idiomas de cara al público, historia de la cultura popular).

Escuelas profesionales de todo tipo. Institutos donde un solo profesor, o dos –uno de ciencias, otro de letras- se encargan de la formación de una clase, evitando la indeseable dispersión hoy existente –diez profesores, diez asignaturas por curso: ¿cómo se puede aprender así? Institutos de alto nivel para alumnos brillantes. Internados para alumnos que, por sus circunstancias o por su personalidad, puedan encontrar conveniente esta opción. Etc. etc.
¿Y el Estado? En esta libertad educativa que aquí se propone, ¿qué papel debería desempeñar? A mi modo de ver, le corresponde una función de supervisión limitada y muy circunspecta. Desde luego, y aparte de poseer instituciones educativas propias (pero fuera del rígido e inoperante sistema actual), establecer unas titulaciones oficiales y unos exámenes estatales para obtenerlas, a través de pruebas periódicas y libres que se celebran por medio de examinadores externos a los centros: quien quiera hacerse con un título oficial, debe cumplir unos ciertos requisitos, haya asistido a una institución formal o no. Del mismo modo, elaborar unos cuestionarios oficiales claros y objetivos, y cuyo dominio garantice que se posee una verdadera cultura general.

Pero, a la vez, no pretender ejercer un monopolio al que nadie le ha dado derecho: no caer en la titulitis ni en la exigencia universal de titulaciones para todo: lo que importa es el know how, el conocimiento efectivo (saber inglés o saber reparar un coche, con título o sin él). Si una persona no posee ni títulos ni conocimientos, será la propia sociedad la que deje de requerir sus servicios.Y, si causa un perjuicio a alguien a causa de su incompetente actuación (lo cual también puede suceder, por supuesto, en el caso de un profesional titulado), para eso está la sanción civil o penal.
Sin duda, las ideas que acabo de exponer necesitarían infinitas matizaciones y consideraciones adicionales, en un debate al que animo desde aquí. Sin embargo, creo que el principio general está claro: libertad y “anarquismo” educativos, libre juego del mercado, competencia entre centros, libre elección de colegio e instituto, ausencia de imposiciones estatales, exámenes libres (como hoy los de Cambridge o las Escuelas Oficiales de Idiomas), y el test último de la percepción social como criterio de si una formación intelectual es útil o no.

Y por cierto: en la sociedad que aquí estamos imaginando, ¿será útil un joven que se ha dedicado a estudiar mitología griega y a aprender solo en una biblioteca, como autodidacta, sin asistir a instituto alguno, griego y latín? Sí, si realmente domina estas materias. Porque, si está intelectualmente formado (y pocas cosas mejores que las lenguas clásicas a este respecto), sabrá convencer a quien corresponda de que su mente merece la pena, y tal persona sabrá percibir ese valor. Porque cualquier verdadera formación, por muy teórica e “inactual” que parezca, resulta –de un modo o de otro- social y económicamete útil.
En cambio, resulta social y económicamente inútil lo que hoy tenemos en Occidente: un gasto descomunal para producir alumnos que salen del instituto sin ni tan siquiera saber realmente leer y escribir. Incluso por motivos simplemente prácticos, ¿podemos permitirnos este dispendio? ¿No haríamos mejor en replantearnos las bases mismas de nuestro sistema educativo y darnos cuenta de que, a lo mejor, y al menos en los términos en que hoy lo tenemos organizado, estaríamos mejor sin él?.

6 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo con el autor de este artículo y además está comprobado como muchísimo mejor que el actual.

    Baste decir que en los tiempos en que yo hice el bachillerato, el sistema era muy similar a lo que propone el articulista.

    Cada colegio tenía un concreto prestigio o desprestigio y los padres mandaban a los niños al colegio que creían más adecuado.

    Los exámenes oficiales se realizaban en 7º de bachillerato, eran muy dificiles y había que estar muy bien preparado para sacar el título de Bachiller Superior.

    Los citados exámenes se celebraban en una Universidad, ajena totalmente a la influencia de los colegios.

    Había competencia entre los colegios publicando en prensa el número de titulados de cada colegio en la aduana estatal.

    Luego las univeridades también eran muy competitivas. Se decía, por ejemplo, para hacer Medicina hay que ir a ...., porque en la universidad de xxxx, salen san saber mucho.

    Y nuestros médicos, ingenieros, químicos, abogados, economistas, etc. eran los más destacados en conocimientos cuando se iban a Alemania o Francia o Gran Bretaña a realizar especializaciones.

    Lo que estaba claro era que quien escribiera una redacción de un folio con una sóla falta de ortografía, no pasaba a opciones de ser examinado para bachiller.

    Se estudiaba Historia y Geografía Universles, de forma que todos los alumnos sabian el proceso histórico y los reyes habidos en Inglaterra, Francia, España, Alemania, Italia, etc.

    Los Liceos franceses aún eran mejores porque, además de todo lo citado, exigian a los alumnos haber leído libros completos de los clásicos franceses como Razine, Flaubert, Balzac, Moliere, ect.

    Hoy dices en España que Larra o Calderón o Alarcón o el Arcipreste de Hita o el P. Isla decian....., y casi nadie sabe si son toreros o futbolistas.

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  2. Tella, que envidia me has dado.

    Yo tampoco me he librado de un sistema más serio y mejor. Recuerdo que en 6, 7 y 8 de EGB a final de curso había un examen completo de cada asignatura.

    Y vienen los del PP, intentan poner algo parecido a la reválida (más que lógico y necesario) y se les lanzan al cuello.

    Y no te digo si te veían una falta de ortografía... ahí si que pillé la época mala, he llegado a ver exámenes en la facultad que parecían más de la facultad de Bellas Artes por la cantidad de brochazos que llevaban de tippex.

    Hay que cambiar muchas cosas pero lo de la educación es PRIORITARIO, URGENTE, NECESARIO y no se pude demorar ni un segundo más.

    A mi hija le darán el titulo universitario (si todavía le queda un mínimo prestigio a la universidad cuando llegue) juntando cuatro tapas de desnatados danone.

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  3. Este que escribe que comparte con Isra además de su pasión por sus primas, compartimos la quinta, recuerda que a partir de 5º de EGB la obligación de leer al menos un libro por mes, y durante el curso uno debía ser de poesía y el otro de algún autor del siglo de Oro español. En el caso de mis hijos, donde el 90% del colegio son hijos de moriscos, el primer mes del mayor lo perdió porque tres cuartas partes de la clase no tenia ni una mínima noción de español. Este es el actual sistema educacional español. Yo no digo que se aprendan la lista completa de los Reyes Godos (que podían al menos conocerla), pero que a Alejandro Magno lo conozcan por una película es asqueroso por poner un ejemplo.

    Ahora a lo más que llegan es a tunear el coche y a tener el móvil de última generación para grabar las palizas o las violaciones. Y esperar que con esto de las pizarras electrónicas, dentro de unos años el idioma oficial en España no sea ese tan raro que tienen para escribir mensajes en los moviles.

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  4. Pues Javier, no descartaría yo que en breve se adoptasen en el RAE algunos de los nuevos palabros de los putos SMS, y si no al tiempo.

    Hoy los niñatos/as lo más parecido que han visto a un libro es una tableta de chocolate.

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  5. Acertadísimo su artículo y de gran interés y actualidad.
    Como padre de un estudiante de 2º de bachillerato, mi preocupación por este tema es grande.
    No dejan de asombrarme las lagunas en la formación de mi vástago y la cantidad de sandeces que son obligados a memorizar.
    La génesis del problema es el afán de los padres en que sus hijos no suspendan, por más que demuestren un gran desinterés en la continuación de los estudios (conozco a muchos padres que acuden raudos a abroncar al profesor que ha tenido la osadía de suspender a su hijo) Mi hijo aprueba sí o sí, y qué decirles a Uds. de la disciplina en las aulas. Baste decir que cuando mi hijo cursaba el pre-escolar (Hace 13 ó 14 años) tuve que abandonar una reunión de padres con la maestra absolutamente indignado con la actuación de ciertos progenitores que reprochaban indignados a la MAESTRA que corrigiese el comportamiento vandálico de sus hijos.
    La MAESTRA abandonó la reunión llorando.
    Por otra parte, el estado está muy interesado en crear sujetos sin la menor capacidad crítica, fácilmente manipulable, así que la educación de orden prácico y moral de los ciudadanos es inconveniente para sus fines, pues lo que se desea es una masa informe y acrítica que acepte los designios de los estadistas sin rechistar, mientras continua viendo el partido y durante el descanso pone gran hermano.

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  6. Yo no entiendo porqué desterrar el sacrificio, el esfuerzo... la recompensa de ver una buena nota despues de estudiar es uno de los mejores recuerdos que tengo, era llegar a casa y mi madre sacaba a hacer el paseillo el cuaderno de notas para enseñárselos a todas las vecinas (luego en el insti nos torcimos un poquito).

    Algo similar a lo que cuentas pasó hace unos días en la clase de mi hija, lógicameten la reprobación de la conducta de un elemento "peligroso" fue tomado como una ofensa por parte de la madre a la que poco faltó retar a duelo a la profesora.

    Desconozco el fin último, no creo que la excusa peregrina de evitarles la angustia de ver un suspenso sea creible, lo más probable es que el fin último sea tener una clientela agradecida cuando llegue la edad de votar.

    O eso o somos gilipollas y vamos directos al suicidio colectivo como sociedad.

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